Hubo un tiempo en que las grandes tecnológicas no solo vendían productos: vendían visiones. Mundos alternativos, revoluciones digitales, realidades paralelas. Y pocas promesas fueron tan ambiciosas —y tan ruidosas— como la del metaverso. Aquella idea de un mundo virtual inmersivo en el que trabajaríamos, socializaríamos y gastaríamos alegremente nuestro dinero (idealmente en NFT). Una promesa que, apenas unos años después, parece más una nota al pie de la historia reciente de la tecnología. O un chiste.
La historia la conocemos todos: en 2021, Facebook pasó a llamarse Meta. Un rebranding total de la empresa más poderosa de las redes sociales para abrazar un futuro aún inexistente. Reality Labs sería la avanzadilla de esta conquista virtual, y Mark Zuckerberg, su profeta. El metaverso no era solo un producto: era una misión. Y, durante un (breve) tiempo, Silicon Valley decidió creérselo. Aunque a regañadientes.
Pero pronto llegaron las dudas. Los avatares sin piernas, las oficinas flotantes, los entornos que parecían versiones beta de videojuegos de 2007… Y, sobre todo, la falta de usuarios reales. Mientras Meta prometía una nueva realidad, la gente seguía en la antigua. Reality Labs empezó a acumular pérdidas multimillonarias (más de 70.000 millones de dólares hasta hoy), y el entusiasmo empezó a evaporarse. Pocas cosas envejecen tan mal como una profecía tecnológica incumplida.
Ahora, con la llegada de 2026, Meta ha confirmado lo que muchos sospechaban: el metaverso ha dejado de ser una prioridad. La compañía despedirá a más de 1.000 empleados de Reality Labs, aproximadamente el 10% de la plantilla de esa división, según un memorando interno del CTO Andrew Bosworth. El motivo oficial es redirigir recursos hacia áreas con “mayor impacto inmediato”: inteligencia artificial, dispositivos móviles y wearables. O lo que es lo mismo: dejar de soñar con mundos paralelos y volver a fabricar cosas que la gente quiera usar de verdad.

Es probable que, a estas alturas, hasta Mark Zuckerberg se haya olvidado ya de su pobre avatar en el metaverso.
El ajuste no es un recorte cualquiera. Se trata de una reorientación estratégica de fondo, que implica dejar de ver a Reality Labs como el motor del futuro digital. Las Meta Quest seguirán existiendo, sí, pero con menos ambiciones y posiblemente con precios más altos para “garantizar su sostenibilidad”. La verdadera apuesta de Meta ahora son sus gafas inteligentes Ray-Ban y las aplicaciones de IA en móviles. Del multiverso al multitarea.
Resulta irónico que una empresa que se rebautizó como “Meta” esté ahora desmontando, paso a paso, todo lo que ese nombre representaba. Como ocurrió con Sim City en su momento, EA insistió en una visión online que nadie pidió, solo para acabar cerrando servidores y acabando con una franquicia histórica y querida. Aquí, la historia rima: tras inflar el globo del metaverso hasta lo absurdo, Meta lo pincha cuidadosamente. Pero eso sí, sin perder la sonrisa. «Es una reestructuración para ser más ágiles», dicen.
Quizás lo más sorprendente no sea el abandono del metaverso, sino la naturalidad con la que ocurre. Como si no hubiera pasado nada. Como si todo aquello no hubiera sido la mayor apuesta de una gran tecnológica en la última década. Al final, todo queda reducido a un giro de timón, una nota interna y un nuevo foco estratégico. La gran revolución virtual ha terminado. Y nosotros, fieles al ciclo eterno de la tecnología, actualizamos nuestras expectativas. Otra vez.
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